De la palabra escrita a la palabra hablada

Una primera aproximación a la poesía dominicana reciente

Adalber Salas Hernández, PhD Candidate at the Department of Spanish and Portuguese, NYU

Proviniendo de un contexto hispanoparlante, el deseo de estudiar la poesía escrita en español en el Caribe no siempre implica una tarea sencilla. Especialmente si uno ha decidido estudiar el trabajo de poetas jóvenes, que han publicado un libro o quizás dos, y cuya difusión suele ser impar –salvo en contados, interesantísimos casos. El asunto se complica un poco más cuando se trata de la poesía dominicana: los espacios de circulación de sus autores no consagrados no siempre son fáciles de hallar. No obstante, en cuestión de días uno se encuentra con un trabajo poético vivo, múltiple, que crece devorando horizontes.

Tratándose de mi investigación, la poesía dominicana reciente es la practicada por autores nacidos a partir de 1970. Un límite arbitrario, sin duda, pero sumamente útil. En este sentido, mi primer contacto en República Dominicana fue Frank Báez. Poeta, cronista, narrador, traductor y editor, junto a Giselle Rodríguez Cid, de la revista Ping Pong, Frank es además miembro del colectivo multidisciplinario El Hombrecito –donde también se encuentra el excelente poeta Homero Pumarol–, el cual fusiona de modo muy interesante poesía y música (en su canal de YouTube pueden escucharse canciones individuales, discos enteros y hasta alguna grabación en vivo). Su quehacer lo coloca en una suerte de encrucijada: es uno de los nervios principales de la nueva poesía del país –no solamente como uno de sus practicantes más reconocidos, sino también como difusor. Gracias a su inestimable ayuda, he podido conocer dos de los principales trabajos antológicos realizados en este campo: el número especial dedicado por la revista Punto de Partida, de la UNAM, a la poesía dominicana actual (No. 171, enero-febrero de 2012) y la muestra Presencias reales, publicada en la propia revista Ping Pong, en el 2011. A través de estos trabajos antológicos, he podido conocer la obra de poetas como Ariadna Vásquez Germán, Alejandro González Luna, Rossalinna Benjamín o Luis Reynaldo Pérez: escrituras ágiles, con brío, muy diferentes entre sí, que sumé de inmediato a las que ya formaban parte de mi investigación.

En la poesía dominicana reciente, la palabra escrita mantiene un vínculo singular con la palabra hablada: siempre una está a punto de convertirse en la otra. La letra vive al borde de la voz. Cabe recordar aquí el trabajo de la poeta y performer dominicana Josefina Báez, el cual, si bien no cae en los límites de mi investigación, es necesario leer –y escuchar, y ver–, pues resulta fascinante. Y cabe también recordar que, aparte de El Hombrecito, la figura de Rita Indiana: mejor conocida por su música (Rita Indiana y Los Misterios) y por su producción narrativa, también encontré en ella una poeta de singular potencia. En esta primera aproximación, un hecho se destaca de buenas a primeras: en la poesía reciente de República Dominicana, la palabra tiene un pasaje permanente de ida y vuelta para viajar de la escritura al habla.

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