Visitas en la sierra

Posted by Bethany Pennington – MA Candidate at NYU CLACS

Cuando su hija tenía trece años, una señora del pueblo principal de la región llegó a su casita y le dijo: “préstame su hija, que vive en mi casa, que me ayude.”

Recordando este momento, mi nueva amiga me comentó: “Pues, no quiero prestar, porque digo, por lo menos, ni agua tenemos aquí…tenemos que caminar agua desde los pasitos, hasta el río…”

No la quiero prestar. Es que me ayude a traer agua. Ni agua aquí tenemos. 

“No se preocupe del agua” la Señora dijo. “Yo le voy a decir a mi esposo que le de un proyecto…de toma de agua.” Contó que su esposo era presidente municipal, y seguro, aunque fuera manguera, iban a traer de el manantial.

Aunque mi amiga me dijo que no le creía al principio a la señora, en fin, el presidente municipal sí lo hizo. No tenían que correr más a la una o dos de la mañana con candiles para agua en tiempos de sequía. Pero reflexionando por medio de un testimonio oral tantos años después, ella, una líder en su comunidad indígena, conocida aun por personas de otros pueblos como “La pastora” por su fe cristiana, recordó ese encuentro con frustración – “bueno, es una bendición pero es una….bueno. ¡Porque yo tenía sed, yo, que mi hija tenía que migrar para que el agua llegara!” 

Luego me mostró unos vestidos y blusas bordadas, brillantes, con colores y diseños que reflejan la inmensa tradición de su comunidad. Ella los borda, y su hija las vende en el mismo pueblo donde se fue a trabajar hace tantos años. Tiene su propia tienda, por la cual pasé justo al final del día de tianguis. “¡Que Dios te bendiga!” me saludó con un abrazo. 

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Antes, cuando le pregunté si quería compartir la historia del pueblo y su experiencia con la migración, me invitó a sentarme a la pie de la cama, y de repente entró una llamada de su hijo en Estados Unidos. Me paré y salí a la calle para darle un poco de privacidad. Unas gallinas pasaban, sin darse cuenta de los cuatro cachorritos dormidos en el polvo. Viendo las montañas verdes allí arriba, con mi estomago lleno de chicales que habíamos molido con la vecina y mis amigos para comer con tortillas, pensé en cómo sería salir del pueblito a un viaje largo a otro país. ¿Qué llevaría uno? ¿Maracuya fresca, como las que habíamos cosechado de la casita al lado? ¿Cacahuates, como el que encontrábamos en la colina abajo? O agua, de las mangueras que ya llegaron hacia las casas particulares. ¿Saldría uno como yo llegué, sentada en la parte atrás de una camioneta con el viento previniendo que me maree en las curvas de las montañas verdes?

Al terminar la llamada, me invitó a sentarme de nuevo. Con ojos que brillaban desde el interior, La pastora me contó de lo que entendió como la fidelidad de Dios en su vida a pesar de muchos desafíos; como el día que salieron sus hijos, menores de edad, con cacahuate molido para el viaje pa’ allá que habían comprado cuando su papá vendió el becerro. Con lagrimas recordó la esperanza de su hijo menor, sentado al lado de la puerta, esperando que sus hermanos traían mangos del río al atardecer, sin darse cuenta que no regresarían. 

Saliendo del pueblito, paramos a dar ride a los que iban caminando por la carretera. Uno de los que subió también nos comentó que había estado en EEUU también. Trabajaba como sheetrocker en una ciudad, antes de que un accidente cuyos detalles no me quedaban muy claros, lo dejó encarcelado y luego, en México otra vez. Contempló con nosotros las transiciones grandes que había vivido, su nueva vida y la que había dejado allá, y los seres queridos en los dos lados. 

Luego conocimos a su hermosa familia, felices y curiosos de aprender más de la ciudad, de la cual platicamos mientras comimos taquitos en un jardín, con plátanos y maracuyas creciendo al lado. 

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Lo que me quedó claro de las visitas fue la influencia de muchas corrientes alrededores: la de la Ciudad de México (mondo en el idioma local), donde muchos salen a vender o hasta a vivir, la presencia inolvidable del pueblo principal, el anhelo para familiares en otros lados, y la influencia de pa’ allá – los Estados Unidos, cuya coca cola se tomaba en cada rincón y cuya pizza había llegado a la calle principal. Y yo, con mi pasaporte y facilidad de trasladar fronteras – ojalá que hubiera podido traer un abrazo de algún familiar anhelado, al pueblo y de regreso también. 

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