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Álbano Rodríguez y Jesús Borrego Gil. Más sobre los orígenes de la ‘Pp [‘Patafísica porteña]. Ps [Parte segunda]

Misiones 385 por txabela, en FlickrMisiones 385, sede de la fundación del IAEPBA. Hoy, gracias a las incansables gestiones del LIAEPBA, este histórico lugar está debidamente señalado: la candela verde se ha diseñado siguiendo los estándares más modernos, y el número ocho se ha girado 180 grados para evocar el signo del infinito, pero esta vez, en lugar de puesto en pie, boca abajo.

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Es posible que Álbano Rodríguez y Juan Esteban Fassio fueran amigos de la infancia. El caso es que, tres años después de que Fassio se hiciera miembro del Collège de ‘Pataphysyique, Rodríguez hizo lo mismo. Rodríguez trabajaba en el Ministerio de la Guerra, aunque pronto abandonaría su trabajo para dedicarse de lleno a la escritura, a la traducción y, evidentemente, a la ‘Patafísica, si es que ésta se puede separar de las actividades anteriores. A pesar de que había frecuentado, como Fassio, las reuniones del grupo surrealista de Pellegrini, Rodríguez no parece haber sido miembro de ningún otro grupo literario o artístico antes de su entrada en el Collège. Fue después cuando empezó a publicar y a desarrollar su actividad de creación y de investigación. Desde entonces, escribió extensamente para las revistas de Collège, publicó traducciones de Queneau, Jarry, Julien Torma y Malcom de Chazal en revistas como la cubana Ciclón o la belga Temps mêlés y fue antólogo y traductor de un libro de cuentos de Alphonse Allais [1]. En 1987, tres años después de su muerte, el Collège publicó, por primera vez, sus Hipnagogías, frases que le arrancaba al sueño y que dictaba, en esa mezcla de sueño y vigilia, a su mujer, Eva García, suponemos que en el mismo estado.

Pero todo esto pasó mucho, mucho después. Es muy probable que nada de esto hubiera sucedido si, en 1957, los dos amigos no se hubieran decidido a fundar el IAEPBA [Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires]. Hasta ese entonces, no existía ninguna estructura patafísica fuera del Collège en sí y, mucho menos, una estructura que éste reconociera como legítimamente patafísica. Todo estaba por hacer y, por ello, Fassio y Rodríguez pidieron un aval a sus compañeros franceses. Y lo recibieron: nada menos que del Doctor Sandomir, primer vice-curador del Collège -el cargo más alto en la jerarquía colegial después del propio Faustroll-, y contemporáneo de Jarry. El mensaje, dirigido “a los miembros argentinos del Colegio con motivo de la solemne inauguración del Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires”, cierra su Opus Testament Pataphysicum. El texto es breve: “¿Hay que desear que la ‘Patafísica exista en Buenos Aires?”, se pregunta el vice-curador. Su respuesta: “Ya existía aquí como en todas partes antes de que nosotros existiéramos y no necesita de ninguno de nosotros. Existirá siempre y no necesitará de nadie. Ni siquiera necesita existir. Pues no está obligada a existir para existir”[2]. Tan magnánimo mensaje bastó para que los dos porteños se supieran legitimados: el 6 de abril de 1957, en el 385 de la calle Misiones, Fassio leyó el mensaje en voz alta y, “a las 18 horas puntual”, quedó fundado el IAEPBA. Es probable que el nombre proviniera de una idea anterior de Fassio, que había querido fundar un centro de estudios sobre Sade en Buenos Aires, bajo el nombre Instituto de Altos Estudios Sádicos de Buenos Aires.
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Juan Esteban Fassio. Orígenes de la ‘Patafísica porteña [‘Pp] – Parte primera [Pp]*

Cadenas Canon - Argentina - 'PataphysicsPermítaseme vincular, a modo de conclusión, la Patafísica con el budismo Zen. Si se le preguntara a un maestro zen-patafísico “¿cuál es el verdadero sentido de la frase sobre el cocodrilo?”, se echaría a reír y nos golpearía varias veces con su bastón de física. No existe verdad fuera de la experiencia patafísica.

Juan Esteban Fassio, Creador-Fundador del IAEPBA, Regente de trabajos prácticos rousselianos, Proveedor Propagador de los Países platenses de Mesembrinesia Americana, Administrador Antártico y Gran Competente de la Orden de la Gran Guidouille [o espanziral].

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La historia es así: un joven argentino, más bien solitario, lee un día de principios de los 50 o finales de los 40, en la Nouvelle Revue Française, un artículo sobre la fundación, en París, del Collège de ‘Pataphysique. El joven, que además de ser francófono es, entre otras muchas cosas, dibujante, se empieza a interesar por esa sociedad de pensadores de la que nadie en Buenos Aires ha oído hablar hasta entonces. Su nombre es Juan Esteban Fassio, “inventor, imaginero, ensayista, dibujante, traductor, compilador, patafísico, bibliófilo y pensador heterodoxo”, y es, aún hoy, una figura más bien desconocida en el panorama cultural argentino. Salvo, claro está, entre los lectores de Julio Cortázar, que le dedica su “De otra máquina célibe”, con foto incluida en la primera edición de La vuelta al día en ochenta mundos.

A Jarry ya se lo había leído en Buenos Aires: lo muestra un artículo en Martín Fierro, en enero de 1925. Pero para Fassio, como buen patafísico, Jarry no es más que una excusa para hablar de “la ciencia” y hacer que otros lean sobre ella. Así, en 1954, aparece en Letra y línea, revista de corte surrealista dirigida por Aldo Pellegrini, su “Alfred Jarry y el Colegio de ‘Patafísica”. Y el artículo no empieza con Jarry, sino con otro raro, sin duda más cercano al Río de la Plata: “Hay obras que desafían todo ‘ensayo de explicación’, que resultan incómodas de ubicar en las historias de la literatura. El tomo que lleva el título Obras completas de Lautréamont, con sus dos partes todavía contradictorias para la crítica […], constituye una constante provocación”. Lautréamont será una constante en la ‘Pp [recordemos: ‘Patafísica porteña]: años después, otras dos figuras clave, Albano Rodríguez y Eva García, se mudarán a Montevideo para realizar una investigación sobre el escritor franco uruguayo. Fruto de esa investigación será la biografía Isidore Ducasse, Comte de Lautréamont, firmada por otro ilustre del Collège, François Caradec, “avec la collaboration de Albano Rodríguez”. A fin de cuentas, no es de extrañar: entre los 27 volúmenes de la bibioteca del Doctor Faustroll, Jarry había incluido, nada menos que en el número 13, Los cantos de Maldoror. Continue reading